Marzo 2026

Querid@s amig@s,

Un año. ¿Cómo uno resume un año entero? Otra vez ha pasado mucho tiempo antes de volver a escribiros una carta. No porque no haya pasado nada, sino porque han pasado tantas cosas que no encontraba la perspectiva de aguila para compartir algunas de ellas con todas vosotras.

Empezaré por lo que parecía el final de un año difícil en Puyuelo. Deliberadamente me quedaré sobre todo con mi propio proceso, para no contar la historia de los demás, cuya experiencia definitivamente no comprendo del todo.

El otoño pasado, casi decidí irme de Puyuelo. Sentí el peso de otro año de lucha para encontrar el equilibrio entre nosotros sobre mis hombros, tanto moral- como físicamente. No estaba segura de si yo misma podría superar algunos de los patrones en los que me había atascado. Si todavía creía que Puyuelo pudiera seguir representarme lo suficiente como para seguir sintiéndome en casa.

Además de eso, sinceramente, este es un lugar físicamente exigente y, con el cuerpo cansado, el alivio de deshacerme de la pesada carga de los últimos cinco años de repente me pareció la decisión correcta. Imaginaba la carretera. La libertad. Y por un momento lo hubiera cambiado inmediatamente por este proceso colectivo y sus muchos retos.

Pero, y creo que es algo con lo que los cinco hemos estado luchando este año, ¿cómo se deja atrás un hogar construido con las propias manos? ¿Una compleja relación de amor con la tierra, la región, la gente que nos rodea? En una constelación que hice con alguien en noviembre sobre Puyuelo, recibí una pieza importante del rompecabezas. Paulina, la consteladora, me dijo: «Tu eres un migrante. Dejaste tu país porque no te gustaba la realidad que te ofrecía. ¿Cuántas veces más quieres hacer eso? ¿O decides romper este patrón esta vez intentando de cambiar las cosas en casa?».

El mensaje de Paulina me perturbó. Una parte de mí se había rendido ya este año, pero es cierto que todavía creía en Puyuelo, que todavía veía mucho potencial en este lugar y que me encantaba la vida aquí. De alguna manera, tenía hasta la sensación que justo acabábamos de empezar a aprender de nuestros propios errores. Vivir en un colectivo no es nada fácil, pero es una forma de vivir que me sigue fascinando y motivando enormemente. Descubrir cómo construir un proceso de toma de decisiones horizontal, resolver nuestros conflictos, comunicarnos adecuadamente, integrar todas las voces de un grupo, decidir juntas lo que creemos que es una vida moral en lugar de lo que otros nos dictan.

Además de eso, una mezcla de cosas distintas me frenaba. En parte era mi ego: Puyuelo me ha formado  los últimos años y me gusta la identidad que me da, que pasa si lo dejo atrás? ¿Qué quedará de mí? Otra parte era el miedo: si irme es una decisión equivocada, dónde acabaré? Y por último: una gran esperanza: todavía hay mucho por hacer en este lugar, mucho por soñar. Todos estos elementos me influyeron en mi decisión, pero me era imposible discernir en qué medida.

A un nivel más práctico, lo que más me dolía era dejar atrás el pueblo con tan poca gente. Si algún día me voy de aquí, me sería mucho más fácil dejar atrás un pueblo animado, un proyecto colectivo que puede lidiar con las idas y venidas de la gente sin acabar en una crisis existencial cada vez. Estámos todas de acuerdo en este momento, necesitamos un grupo más grande. Además creo que también compartimos la voluntad de trabajar duro para organizarnos mejor, para construir una estructura que nos refleje a todos en mayor medida de igualdad, de modo que nos sostenga y facilite nuestras vidas y nuestra coordinación.

La palabra que me viene a la mente es resiliencia. Cuando miro a mi alrededor y veo un mundo que cambia rápidamente, quizá no para mejor, me parece una buena cualidad, tanto a nivel personal como colectivo. Soportar las tormentas de esta vida y adaptarse, permanecer tranquilo y comprensivo; ser flexible. Ser silencioso y rebelde a la vez, meditar y resistir, seguir el curso de la naturaleza y permanecer fiel a lo que sentimos que somos.

Permítanme ser clara. Entiendo la decisión de dejar atrás Puyuelo. La vida nunca ha sido «fácil» aquí. A estas alturas, he entendido lo incontrolable que es un proceso colectivo. Entendí como nunca sale realmente como una espera o desea, cuanta influencia que otras personas tienen en tu vida, la velocidad con la cual tienes que aprender, escuchar, curar viejas heridas, superar tu propia sombra. Cuántos momentos he vivido en los que me he quedado atrapado en la ira, la desesperación, cualquier sentimiento oscuro que esas malditas montañas silenciosas amplifican y te devuelven.

La naturaleza de nuestro proyecto es horizontal, si lográramos crecer en ese proceso, con suerte construiríamos un hogar que nos reflejara a todos más o menos por igual. Sin embargo, la experiencia nos enseñé que la horizontalidad no es solo un concepto político fácil de introducir. Es un proceso laborioso, que implica una exploración de nuestro yo emocional y racional, tanto individual como colectivamente. ¿Quién soy? ¿Qué partes de mí mismo reprimo? ¿Cuál es mi posición en este grupo? ¿Cuáles son mis privilegios? Mis defectos? Fascinante si te inspira. Agotador si no sientes su llamada.

A las puertas del invierno, alcanzamos un punto de inflexión importante. Félix decidió que ya no quería formar parte del proceso colectivo en Puyuelo. Seguirá viviendo aquí parte del año, pero se retirará en gran medida del proyecto. Ahora también está muy involucrado en el nuevo proyecto en San Martín y se centrará principalmente en él. James, por su parte, necesitaba un descanso de nuestro proceso y, a partir de la primavera, pasará un año completo en Lakabe, una comunidad más antigua en Navarra. Aly, Moritz y yo decidimos unir las pocas fuerzas que nos quedaban y volver a intentarlo una vez más. Sin embargo, muy pronto, el puñado de personas que yo esperaba que se mudaran aquí desaparecieron de nuevo, obedeciendo al llamado de su propio destino.

Sinceramente, cuando los árboles se quedaron sin hojas y el primer frío llegó, mis esperanzas se desvanecieron. De repente, me sentí identificado con los cientos de pueblos de todo el país que están al borde de la extinción. Quedan pocos habitantes, apenas hay servicios públicos y las distancias a los centros urbanos, donde se desarrolla el espectáculo del siglo XXI, son enormes. Supongo que, al igual que nosotros, muchos de los habitantes que quedan en esos pueblos moribundos aman su hogar y esperan que vuelvan tiempos mejores. Sin embargo, cada vez que el invierno muestra sus dientes, me imagino que el frío y la humedad erosionan la esperanza que queda. ¿Por qué, me preguntaba, nuestra situación iba a ser diferente? Solo cinco años después de salvar a este pueblo del olvido, nos enfrentamos a un problema que afecta a toda una nación. Este siglo no comenzó como el siglo de las cosas pequeñas. Quien decida ponerse de su lado tendrá que trabajar duro.

Sin embargo, desde el inicio de este proyecto he sentido que nos acompaña un viento muy favorable. En un curso de Vipassana el año pasado conocí a Olivia, miembro de Enera, un grupo de amigos de Zaragoza que buscaban una casa en el campo para iniciar su propio proyecto colectivo. Tras unos eventos imprevistos, se quedaron sin casa para este invierno, y decidimos ofrecerles nuestra casa común. Aceptaron la oferta con valentía, porque las infraestructuras eran básicas y este invierno resultó ser muy duro. Al principio, incluso albergué la esperanza de que decidieran quedarse, pero pronto entendí que no era eso lo que buscaban. Al final de su estancia, me di cuenta de que su presencia nos había ayudado sobre todo a mantener viva a la llama. Ver a Puyuelo vivo durante la época más dura del año, resistiéndose a desaparecer, mientras nosotros, como pequeño grupo, volvíamos poco a poco a mirarnos a los ojos y empezábamos a preguntarnos cómo continuar a partir de ahí. La amistad con Enera ha sido un regalo de este invierno, espero que encuentren una casa cerca de nosotros para que podamos seguir construyéndola.

También en diciembre, Lara se vino a vivir conmigo, en un intento más formal de ver si podía hacer de Puyuelo su hogar. Desde entonces, ha sido de una valor enorme, revitalizando la pequeña constelacion que somos ahora. Los cuatro empezamos a hacer planes, a soñar de nuevo con otra primavera en Puyuelo. Un proceso delicado, con el riesgo de caer en viejos patrones, miedos, malentendidos, pero en el que veo en todos nosotras la buena voluntad; la voluntad de pasar página y construir algo fuerte, duradero, algo con lo que todos nos sintamos bien.

Los primeros días de febrero, Enera y James se marcharon, ambos casualmente el mismo día. La noche antes de su partida encendimos una gran hoguera, como si simbólicamente cerráramos un capítulo y abriéramos otro nuevo. Me sentí triste, un poco incapaz de comprender lo que estaba pasando, de afrontar un periodo tan largo sin mi mejor amigo aquí. Al día siguiente, hasta las montañas lloraron; todo el día llovió y nevó sin cesar, como si Puyuelo llorara sus pérdidas.

La lluvia continuó durante un par de días, en lo que fue el invierno más lluvioso en España desde hace 25 años. A mediados de febrero llegaron los primeros signos de la primavera. Algunas flores, manchas verdes entre los arbustos amarillos y, sobre todo, la maravillosa imagen de grandes manadas de grullas regresando al norte.

A medida que el mundo vuelve a despertar, yo también reconozco cómo poco a poco la esperanza me vuelve. Nuestro proceso se siente diferente, como si la gravedad de la situación nos hubiera puesto los pies en la tierra, nos hubiera dicho que para seguir aquí y ver el pueblo reflorecer tendremos que trabajar duro. Escucharnos de verdad. Aportar compromiso y responsabilidad. Sería una tontería celebrar demasiado pronto, pueden pasar muchas cosas y hay muchos factores impredecibles, pero hay algo en lo que está sucediendo que me parece muy justo. Hay una voz que me sigue volviendo que dice: este es el proceso colectivo, así es como se crece juntos y se aprende a entenderse mutuamente. Estoy muy agradecida a Aly, Moritz y Lara por aportar esta energía y este compromiso. En cuanto a James, Felix y Laura, espero que hayan conseguido lo que necesitaban y que encuentren el camino de vuelta al grupo si algún día es lo que sienten.

Durante las próximas semanas y meses, nuestro principal objetivo es devolver la vida a este pueblo, poner nuestra infraestructura al servicio de nosotras mismas y de diferentes causas. A partir de ahora, organizaremos un curso mensual de Vipassana de 1 día, queremos volver a recibir visitantes y preparar una serie de eventos para la primavera y el verano. Estamos trabajando en una estructura sólida, con la intención de poder integrar de forma segura a nuevas personas cuando encuentren su camino a Puyuelo. La semana pasada fue un gran día, ya que la primera lavadora funcionó con uno de nuestros sistemas solares de 12 voltios y… Moritz y yo hemos empezado a desarrollar un sistema de cables para subir cargas sin rompernos la espalda. Mientras tanto, Aly sigue cortando pinos y plantando un nuevo bosque, Moritz desarrolla su cerámica, Lara descubre todas las dimensiones de Puyuelo y yo he empezado a intentar de domesticar a Tito, nuestro burrito recién nacido. Mientras el mundo exterior sigue su curso loco, seguimos regando la hermosa plantita que tenemos entre nuestras manos, con la esperanza de que crezca y se convierta en algo duradero.

Con amor,

Pablo, Aly, Moritz y Lara.

Puyuelo, 4 de Marzo 2026.

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